SERO. Rediseñar las jerarquías del docente como un aprendiz en tiempo real

SERO. Rediseñar las jerarquías del docente como un aprendiz en tiempo real

Tanto en educación como en otros campos, una de las innovaciones más complejas de conseguir es la que tiene que ver con los cambios de orden cultural. Es decir, cuando existe la posibilidad de explorar ideas, enfoques, maneras de entender la realidad, o simplemente se cuenta con predisposiciones de apertura que son diferentes a las que “acarreamos” en la vida cotidiana. De igual manera que la rutina es nuestra conexión con un pasado constante. La innovación es nuestro puente a formas distintas de ver las cosas (aunque a veces ofrezca un futuro incierto). Esta incertidumbre, exploración, y por sobre todo experimentación es uno de los elementos más anhelados en la educación. Cuando es posible crear las condiciones para que los actores de un sistema estén abiertos a la experimentación es cuando realmente están las condiciones para probar y equivocarse sin temor al error.

Eso es lo que me tocó descubrir durante la semana del 8 al 13 de agosto de 2016 entre los docentes y la comunidad educativa de la Institución Educativa San Benito de Medellín (Colombia) dentro del proyecto SERO: Laboratorio Vivo, en el cuál participo en la fase de experimentación que es responsabilidad de nuestro equipo de Outliers School. Ahí la innovación no estaba en los dispositivos, ni en los laboratorios tecnológicos, ni en las pantallas táctiles, y mucho menos en las plataformas educativas. Sino que en una aproximación pedagógica en formato beta en las que había licencia para probar las cosas de una manera distinta. Es decir, trabajar con la curiosidad y la duda de manera sistemática como un conductor de exploraciones.

El proyecto SERO: Laboratorio Vivo -dirigido por la Fundación Dividendo por Colombia-United Way-, se tradujo en repensar las dinámicas tradicionales de la escuela y abrir espacios para reconfigurar y volver a conectar los diferentes ingredientes de la educación pero articulados de una manera distinta. Es decir, combinando la enseñanza con el aprendizaje. Rediseñando las jerarquías del docente como un sujeto que aprende de manera permanente. Atribuyendo a los estudiantes un papel clave a la hora de diseñar y guiar las discusiones. Alterando completamente la distribución de estudiantes por edades. Desdibujando los límites entre aquello que es “serio” y aquello que es “lúdico”. Reinventando de manera sustantiva los flujos de evaluación (integrando los enfoques en los que el estudiante se valúa a sí mismo, los pares evalúan al estudiante, y el docente evalúa a sus estudiantes). Lo que algunos llaman evaluación en 360 grados.

 
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Nada de lo aquí descrito fue necesario impulsarlo ni por imposición ni pasando a llevar a ningún sindicato. Todo lo contrario, lo que me tocó observar fue un espacio dialógico, democrático, y conversacional en el cual los docentes jugarían un papel clave para compartir con los estudiantes este tránsito hacia un ” laboratorio vivo ” en el que se mezclaba la resolución de problemas, con el trabajo en equipo, y con altas dosis de creatividad y motivación.

Algunos de ustedes se podrán preguntar, ¿Y todos los estudiantes y docentes se sentían cómodos en este contexto? Evidentemente que había unos más adaptados que otros. Pero incluso aquellos que veían este experimento como una disrupción, encontraron espacios de confianza y diálogo para indagar cómo estos modelos de experimentación podían mejorarse para hacer de esta oportunidad una transición hacia reinventar la escuela de una manera más flexible y/o pertinente.
Una cosa que es realmente interesante es que todo este ecosistema de educación, creatividad, innovación y experimentación, se llevaría acabo en una “burbuja educativa”. Dicho de otro modo, en una escuela inserta en una de las zonas socialmente más complicadas de la ciudad de Medellín. Esta contradicción entre esperanza y dolor, en un barrio en el que se respiraban condiciones de postergación haría que toda esta intervención resulte más disruptiva de lo que uno se podría imaginar.

De una u otra manera todos sabemos que en educación no existen los milagros ni los atajos. Y que los cambios sustantivos hay que cocinarlos a fuego lento (ejemplo: ofreciendo apoyo a la formación docente, construyendo confianza tanto con los estudiantes como con las comunidades de padres, generando espacios transparentes y de diálogo, entre otros). En la primera foto, parte del equipo de Outliers School en la implementación de SERO: Laboratorio Vivo. De izquierda a derecha: Hugo Pardo Kuklinski, Margarita María Sánchez (la directora de la I.E San Benito), Patricia Díaz, Jordi Jubany y yo -Cristóbal Cobo-)

 
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Cristobal y Hugo
 

No cabe duda que este tipo de paréntesis en la cultura educativa son interfaces necesarias para avanzar hacia maneras diferentes de entender el contexto educativo, hacia estrategias distintas de aproximarse a las problemáticas escolares instaladas en la cultura escolar. Por último, el hecho, de crear algo desde cero, pero que desde su diseño fue pensado para replicarse, abre la posibilidad de que aquellos sujetos que participan de esta experiencia el día de mañana puedan ser multiplicadores. Es decir, agentes que repliquen y amplifiquen estas buenas prácticas (y que ciertamente puedan mejorar las lecciones aprendidas en el camino). Abriendo la posibilidad de que otros contextos escolares también cuenten con estos laboratorios de experimentación que buscan reforzar la pertinencia de la escuela en sus contextos y barrios independientemente de sus condiciones. Sin buscar atajos, pero con una enorme cantidad de voluntad y un gran talento de sus facilitadores, valdrá la pena darle seguimiento a esta experiencia de SERO: Laboratorio Vivo y ver si llega a buen puerto. Por lo visto hasta ahora las posibilidades son más que prometedoras.